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Cuaresma: camino de conversión bajo la mirada de María, Madre de la Esperanza

Cada año, la Iglesia nos invita a entrar en el tiempo de la Cuaresma: cuarenta días de gracia en los que somos llamados a renovar nuestro corazón, purificar nuestra mirada y volver al Señor con sinceridad. No se trata solo de un tiempo de renuncia, sino, sobre todo, de un tiempo de encuentro con Dios que nos ama y nos espera.

En este año especial para el Santuario Nacional de Maipú —cuando celebramos los 100 años de la coronación de la Virgen del Carmen como Reina y Patrona de Chile— la Cuaresma adquiere un sentido aún más profundo. Caminamos hacia la Pascua contemplando a María como compañera de nuestro peregrinar y acogiendo el lema que nos guía: “Salve María, Madre de Chile, Madre de la Esperanza”.

La ceniza: memoria de nuestra fragilidad y llamado a la vida nueva

El Miércoles de Ceniza marca el inicio de este camino. Al recibir la ceniza sobre nuestra frente escuchamos las palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio” o “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”.

Lejos de ser un gesto triste, la ceniza nos recuerda una verdad liberadora: nuestra vida es frágil, pero está sostenida por el amor de Dios. Reconocer nuestra pequeñez nos abre a la misericordia y nos dispone a recibir la vida nueva que brota de Cristo resucitado.

En el contexto de los 100 años de la coronación de la Virgen del Carmen, la ceniza también nos invita a mirar nuestra historia como pueblo creyente. Chile ha vivido luces y sombras, dolores y esperanzas, crisis y renacimientos. María, coronada como Reina, ha acompañado ese caminar y nos sigue señalando el camino hacia su Hijo.

La penitencia: volver el corazón al Señor

La Cuaresma es un tiempo penitencial, pero la penitencia cristiana no es castigo: es medicina del alma.

La penitencia nos ayuda a ordenar nuestra vida, a soltar aquello que nos esclaviza y a recuperar la libertad interior. Es un llamado a revisar nuestras relaciones, nuestras prioridades y nuestra manera de amar.

Como Santuario de Maipú —lugar de memoria, gratitud y libertad— estamos llamados a vivir una penitencia que nos haga más fraternos, más solidarios y más disponibles al servicio de los demás. En este jubileo mariano, la penitencia se convierte también en un acto de agradecimiento por un siglo de fe bajo el manto de la Virgen del Carmen.


El ayuno: espacio para Dios y para el hermano

El ayuno no es simplemente dejar de comer; es hacer espacio.

Al ayunar, aprendemos que no vivimos solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. El ayuno nos vuelve más sensibles al hambre del otro, nos invita a compartir y a vivir con mayor sobriedad.

En este año jubilar de la Virgen del Carmen, nuestro ayuno puede transformarse en un gesto concreto de amor a Chile: compartir con quienes más lo necesitan, apoyar iniciativas solidarias y cuidar nuestra casa común. Así, el ayuno se convierte en esperanza activa.

La oración: encuentro que transforma

La Cuaresma nos invita a profundizar nuestra vida de oración. En el Santuario, tantos peregrinos han elevado sus súplicas y agradecimientos ante la Virgen del Carmen.

Orar en este tiempo es unir nuestra voz a la de María, que guardaba todo en su corazón. Es aprender de ella a confiar, incluso cuando el camino es oscuro. Es pedir: “Madre de Chile, enséñanos a esperar como tú”.


Caminar hacia la Pascua con María, Madre de la Esperanza

En estos 100 años de su coronación, la Virgen del Carmen nos convoca a vivir la Cuaresma como un camino de renovación personal y comunitaria.

Bajo su mirada, queremos ser peregrinos de la esperanza, hombres y mujeres que, purificados por la ceniza, fortalecidos por el ayuno y transformados por la penitencia, avanzan hacia la luz de la Resurrección.

Que este tiempo cuaresmal nos encuentre caminando juntos como Iglesia y como nación, confiando en Aquel que hace nuevas todas las cosas y repitiendo con fe y gratitud:

“Salve María, Madre de Chile, Madre de la Esperanza.”

 
 
 

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